martes, 31 de marzo de 2015

Disertaciones ...


Cuando Darwin reflexionó sobre el origen de las especies, pensó que la lucha por la existencia -en un sentido amplio y metafórico- se relaciona con la selección natural, considerando que las especies de un mismo género, semejantes en costumbre, constitución y estructura, si entran en competencia entre sí, su lucha será más rigurosa que entre especies distintas. Así como la mejor adaptación a los cambios, hará inclinar la balanza a su favor. Los descendientes de las especies, estarán capacitados para aumentar cuanto más se diversifiquen en costumbres y conformación. Las especies primorosamente construidas, tan diferentes entre sí, y que dependen mutuamente de modos tan complejos, han sido producidas por leyes que obran a nuestro alrededor: crecimiento sin reproducción, herencia comprendida en la reproducción, variación de las condiciones de vida, aumento que conduce a la lucha por la vida, la selección natural, determinando la divergencia de caracteres y la extinsión de formas, resultando de la guerra de la naturaleza, del hambre y de la muerte. Mucho tiempo después, Monod consideró que en la evolución biológica el azar, la causalidad y la necesidad juegan un rol muy importante. En el mismo sentido Artaud estimó que los luchadores sociales, son unos pocos en esta época que procuran abrir espacios para la vida, lugares que no parecían estar ni tener un sitio en el cosmos, por ello las adversidades son mayores para aquellos que como el salmón nadan en contra de la corriente, al igual que las cometas lo hacen con el viento para elevarse. Con el faro de la verdad y la franqueza de sus argumentos y fundamentos, esa competencia, esa lucha rigurosa, esa adaptación de su discurso a las circunstancias preservando la especie de su ideario, ese inesperado azar y esa necesidad de cambiar y derribar el rumbo de los sometimientos, los torna un puñado de quijotes que luchan con estoicismo sin cuartel y sin descanso, cargados de insulsos señalamientos, odiosas discriminaciones, necias displicencias, peyorativos hostigamientos, así como de solitarios sentimientos de abandono, aún sabiendo -como dijo Gibrán- que también son los arcos por los cuales lanzan a sus descendientes procurando que vivan en un mundo mejor, a costa del desprecio de sus propios consanguíneos, sin que el reconocimiento o el regocijo sea su meta, a pesar del dolor de su intima soledad. 
Armando Palau Aldana

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